Realmente es impresionante una historia tan significativa esotérica y mística como el flautista de Hamelin. Para los que no la conozcan a continuación enviamos una de las mejores versiones escritas, aunque no completa, ya que faltan algunos personajes. De todas formas veremos qué obra más grande son las olimpiadas que se están realizando en el GRAN TEMPLO VEGETAL SAKRO AKUARIUS y la importancia de participar, asistir, colaborar y lograr obtener la bendición única por estos tiempos. Veremos la importancia y el papel que está ejerciendo en crear las fuerzas o energías que se necesitan para contrarrestar los efectos del Katún 13. A continuación leamos la historia del FLAUTISTA DE HAMELIN y luego la explicación que hemos logrado con viejos monjes exiliados de lo que los maestres explicaron.

El flautista de Hamelin

POR: Robert Browning *

El pueblito de Hamelin está en Brunswick, cerca

de la famosa ciudad de Hanover, y el profundo y

anchuroso Weser baña su flanco sur. Jamás se vio

un lugar tan placentero pero, para la época en que

comienza nuestra historia -hace casi cinco siglos-,

los pobladores soportaban una horrible peste.

¡Ratas! Desafiaban a los perros y mataban a los

gatos; mordían a los bebitos en sus cunas; se comían

los quesos de los moldes y sorbían la sopa del mismísimo

cucharón del cocinero; abrían los toneles de

sardinas en salmuera, anidaban en los sombreros de

paseo de los hombres y hasta estropeaban las charlas

de las mujeres, ahogando las voces con chillidos es-

tridentes que cubrían una gama de cincuenta sostenidos

y bemoles.

Finalmente la gente acudió en manifestación a la

alcaldía.

-Es evidente que nuestro alcalde es un papanatas

-gritaban-. Para no hablar de la Corporación. ¡Pensar

que gastamos en trajes de armiño para unos bobos

que no son capaces de librarnos de esta peste! ¿Acaso

esperan ampararse en sus pieles de magistrados,

sólo porque son viejos y gordos? De pie, señores.

Exprímanse los cerebros para encontrar una solución,

o no les quepa duda de que los vamos a echar.

Al oír esto el alcalde y la Corporación se pusieron

a temblar, muy preocupados.

Estuvieron reunidos en consejo durante una hora

y por fin el alcalde rompió el silencio.

-Remato mi investidura al mejor postor. Querría

estar bien lejos de aquí. Es fácil pedir que uno se

exprima el cerebro. Ya me duele la cabeza de tanto

rascarla. Y nada. ¡Si se nos ocurriera alguna buena

trampa!

Mientras decía esto tocaron suavemente a la

puerta del recinto

-¡Santo cielo! -exclamó el alcalde-. ¿Qué es eso?

(Allí sentado con la Corporación parecía pequeño

pero asombrosamente gordo. Su mirada no era

más lúcida ni más húmeda que la de una ostra

muerta, aunque hay que admitir que cobraba un poco

de vida al mediodía, cuando la panza clamaba por

un guiso de tortuga verde y gelatinosa.)

-¿Alguien se está sacudiendo los pies en el felpudo?

-preguntó, y agregó-: Cualquier ruidito que

me recuerde el de las ratas y el corazón me da un

vuelco.

-¡Adelante! -gritó finalmente el alcalde, y pareció

que había crecido.

Entonces hizo su entrada el tipo más raro que

pueda uno imaginar, con un extravagante abrigo que

lo cubría de pies a cabeza, mitad amarillo y mitad

rojo. Era un hombre alto y muy delgado, con ojos

azules y penetrantes, chiquitos como dos alfileres,

cabellos claros y lacios pero tez morena, sin bozo en

las mejillas ni barba en el mentón pero con muchas

sonrisas en tos labios.

Nadie imaginaba quién era ni de dónde venía y

todos contemplaban absortos al hombre altísimo y

su extraño atavío.

Uno dijo:

-Es como si mi tatarabuelo hubiese vuelto de la

tumba al oír las trompetas del día del Juicio.

El hombre avanzó hasta la mesa de deliberaciones

y dijo:

-Con su permiso, honorables. Por obra de un

poder secreto, estoy en condiciones de hacer que me

sigan todas las criaturas vivientes, las que se arrastran,

las que nadan, las que vuelan y las que corren.

Suelo utilizar mi poder sobre los bichos perjudiciales

al hombre, como los topos, los sapos, los tritones y

las víboras. La gente me llama el Flautista.

Y sólo entonces notaron que alrededor del cuello

tenía una banda roja y amarilla (para hacer juego

con el saco), de cuyo extremo colgaba una flauta.

También notaron que los dedos se le escapaban,

como si estuvieran ansiosos por tocar esa flauta que

se bamboleaba sobre el anticuado traje.

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-A pesar de ser sólo un pobre flautista -dijo-, en

junio pasado liberé al Chan de Tartaria de unas gigantescas

nubes de mosquitos y en Asia le quité de

encima a Nisán una ola monstruosa de murciélagos

vampiros. Y en cuanto a lo que les preocupa a ustedes

¿me darían mil florines si libero a la ciudad de las

ratas?

-¿Mil? ¡Cincuenta mil! -exclamaron sorprendidos

el alcalde y la Corporación.

Entonces el Flautista salió a la calle, algo sonriente,

como si supiese qué magia dormía en su

flauta, y, como un músico experto, frunció los labios

para soplar el instrumento. Los ojos despedían destellos

azules y verdes, como cuando se arroja sal sobre

la llama de una vela. Y antes de que la flauta

hubiese emitido tres notas agudas, se oyó algo que

recordaba un ejército en marcha. El murmullo se

convirtió en gruñido, el gruñido en rugido y las ratas

comenzaron a precipitarse atropelladamente a la calle.

Ratas grandes, ratas chicas, ratas enclenques, ratas

robustas, ratas marrones, ratas grises, ratas negras,

ratas rubias, viejas ratas solemnes y rengas,

ratitas alegres y juguetonas, padres, madres, tías,

primos, colas en alto y bigotes en punta, decenas y

docenas de familias, hermanos, hermanas. esposas y

esposos, todas detrás del Flautista.

El Flautista tocaba y caminaba y las ratas lo seguían

bailoteando, hasta que llegaron a orillas del

Weser, donde todas se zambulleron y murieron.

Todas salvo una, intrépida como Julio César,

que atravesó el río a nado y vivió para llevar sus

Comentarios al País de las Ratas, tan cuidadosa como

el conquistador romano de preservar el manuscrito.

Su historia decía así:

«En cuanto sonaron las primeras notas agudas

en la flauta, me pareció oír que cortaban lebrillo, que

colocaban manzanas, maravillosamente maduras, en

la prensa de hacer sidra, que corrían barriles de embutidos,

que dejaban entreabiertos armarios con

conservas y que quitaban los corchos a los frascos

de aceite, que hacían saltar los flejes de los toneles

de manteca. Era como si una voz (más dulce que el

arpa o el salterio) gritase: «¡Alégrense, ratas! El mundo

se convirtió en una enorme despensa. Así que

masquen, tasquen, desayunen, almuercen, merienden

y cenen.» Y cuando me pareció ver un gran barril de

azúcar, ya abierto, brillante como el sol, a pocos

centímetros de mis narices, como diciéndome: «Ven

a perforarme», me encontré revolcándome en el

Weser».

Tendrían que haber escuchado a los pobladores

de Hamelin haciendo repicar las campanas hasta doblar

los campanarios.

-¡Vamos! -gritaba el alcalde-. ¡Agarren palos largos

y arranquen los nidos; tapen los agujeros! ¡ConE

sulten con carpinteros y albañiles y no dejen ni rastros

de las ratas en el pueblo!

De pronto asomó la cara del Flautista en el mercado

y se oyó:

-¡Primero páguenme mis mil florines, por favor!

¡Mil florines! El alcalde se puso verde y también,

los miembros de la Corporación. Las cenas del Concejo

hacían estragos con las reservas de Clarete, de

Mosela, de Vinde-Grave y de vino del Rin, y la mitad

de ese dinero bastaría para volver a llenar con

vino el tonel más grande de la bodega. ¿Cómo iban a

pagarle esa suma a un vagabundo vestido de amarillo

y rojo, como un gitano?

-Además -dijo el alcalde con un guiño malicioso-

fue obra del río. Todos vimos con nuestros propios

ojos cómo se hundían las ratas. Y lo que está muerto

no resucita, según creo. Así que, amigo, no somos

gente que vaya a negarle un vaso de vino ni tampoco

algún dinerito, pero en cuanto a los florines, lo que

dijimos lo dijimos en broma. Por otra parte, hay que

tener en cuenta que sufrimos graves pérdidas y que

debemos ahorrar. ¡Mil florines! ¡Por favor! Conténtese

con cincuenta.

El Flautista cambió de cara y gritó:

-No acepto regateos y, además, estoy muy apurado.

Prometí estar en Bagdad para la hora de la cena:

tengo que probar la primicia de un guiso del

cocinero en jefe, un hombre muy rico, que está

agradecido de que haya exterminado los escorpiones

de la cocina del califa. No regateé con él y no voy a

ceder ni un centavo con ustedes. Además, tengan en

cuenta que tengo otro modo de tocar la flauta para

la gente que me pone furioso.

-¿Cómo dice? -gritó el alcalde-. ¿Cree usted que

puedo permitir que me trate peor que a un cocinero?

¿Que me insulte un asqueroso haragán, un flautista

vagabundo vestido de todos colores? ¿Es eso una

amenaza? Adelante, entonces, y sople su flauta hasta

reventar.

El Flautista salió una vez más a la calle y una vez

más acercó a sus labios la larga flauta de caña lisa y

recta. Y antes de que hubiese sonado la tercera de

esas notas dulces y suaves como no había emitido

hasta entonces ningún músico en el mundo, se oyó

un murmullo de bullicio, de muchedumbres alegres

que se empujaban y se atropellaban, piecitos que

pataleaban y zuecos que golpeteaban, manitos que

aplaudían y lengüitas que parloteaban y, como las

aves del corral cuando les tiran el alpiste, salieron

corriendo los chicos. Todos los chicos y las chicas

de mejillas sonrosadas y rulos rubios, de ojos brillantes

y dientes de perlas, tropezándose y brincando

corrían en pos de la música maravillosa entre gritos y

carcajadas.

El alcalde se quedó mudo y los consejeros se

quedaron duros como estacas. Incapaces de dar un

paso o de gritarles a los chicos que pasaban saltando

alegremente, sólo podían seguir con los ojos a esa

multitud gozosa que perseguía al Flautista. Pero ¡qué

angustia sintió el alcalde y cómo palpitaron los corazones

de los consejeros cuando el Flautista se desvió

de la calle principal y se dirigió hacia el Weser, que

les saldría al paso a sus hijos y sus hijas!

Sin embargo, el Flautista cambió de rumbo y, en

lugar de dirigirse hacia el sur, se dirigió hacia el oeste

y rumbeó hacia la colina de Koppelberg, con los

chicos siempre pegados a la espalda. Todos se sintieron

aliviados.

-Nunca podrá atravesar ese pico. Tendrá que

dejar de tocar y nuestros hijos se detendrán.

Pero sucedió que, al llegar al pie de la montaña,

se abrió de par en par un portal maravilloso, como si

de pronto hubiese surgido una caverna. El Flautista

avanzó y los niños lo siguieron. Y cuando habían

entrado todos, hasta el último, la puerta se cerró de

golpe.

¿Dije todos? Me equivoco. Uno de ellos era renco

y no había podido bailotear como los otros y era ayudado por Melius.

Cuando, muchos años después, le reprochaban su

tristeza, solía decir: «Es muy sombrío el pueblo desde

que se fueron mis compañeros. Y no puedo olvidar

que estoy privado de contemplar todos esos

maravillosos espectáculos que también a mí me

prometió el Flautista. Decía que nos conducía a una

tierra de gozo, que estaba muy cerquita del pueblo,

allí nomás, donde brotaban fuentes y crecían árboles

frutales y las flores desplegaban matices más hermosos

y todo era extraño y nuevo, donde los gorriones

eran más brillantes que los pavos reales y los perros

más veloces que las corzas, y las abejas habían perdido

sus aguijones y los caballos nacían con alas de

águila.

Y justo cuando me sentí seguro de que en ese

lugar iba a curarme de mi renquera, la música se detuvo

y yo me quedé allí parado, del lado de afuera de

la montaña, abandonado muy a pesar mío y obligado

a seguir renqueando en este mundo y a no volver a

oír nunca más hablar del hermoso país».

¡Desdichado Hamelin! A muchos vecinos les vino

a la mente eso de que es más fácil que un camello

pase por el ojo de un aguja que un rico entre en el

cielo.

El alcalde mandó mensajeros hacia los cuatro

puntos cardinales para ofrecerle al Flautista, donde

quiera que se lo hallase, todo el oro y toda la plata

que pidiera si regresaba como se había ido y traía

con él a los niños. Pero cuando vieron que todo era

en vano y que el Flautista y los niños que bailoteaban

a sus espaldas se habían ido para siempre, lanzaron

un decreto por el cual los abogados debían

fechar sus documentos según esta fórmula: «A tantos

años, meses y días de lo que sucedió aquí el 27

de julio de 1366″. Y para no olvidarse jamás de la

calle por donde habían desaparecido los niños la

llamaron Calle del Flautista y cualquiera que pasase

por ella tocando la flauta o el tamboril podía estar

seguro de que no volvería a encontrar trabajo en

Hamelin. Tampoco permitieron que ninguna hostería

ni ninguna taberna perturbase con el bullicio una

calle tan solemne. Y frente al lugar en que se había

abierto la caverna levantaron una columna y en ella

escribieron esta historia y también la pintaron en el

gran vitral de la iglesia, para que el mundo se enterase

de que les hablan robado sus hijos. Todavía hoy

están allí esos recuerdos.

Me olvidaba de mencionar que en Transilvania

hay una tribu de gente muy especial que asegura que

las ropas tan extrañas que usa, y que tanto llaman la

atención de sus vecinos, son una herencia de sus

antepasados, surgidos de una prisión subterránea en

la que se los había sepultado hacía largo tiempo después

de haberlos arrebatado del pueblito de Hamelin,

en el condado de Brunswick, sin que supieran

decir cómo o por qué.

Así que, Guille, saldemos nuestras deudas con

todos los hombres… ¡sobre todo con los flautistas! Y

sí llegan a liberarnos con su música de ratas o de

ratones cumplamos nuestra promesa y paguémosles

lo que hayamos convenido.

Vemos con perfección la relación que hay con las olimpiadas y el objetivo de ellas. Resulta que el flautista es HA, el intimo de Dios, quien tuvo cuerpo físico en aquellos días y realizo esa labor de limpiar un lugar de ratas, ratones roedores, que son los retornos de los delincuentes ladrones, el Alquimista MEL-LIN es miel de los lines o sea el MAESTRO INTERNO y sus doctrinas musicales. La flauta es la columna vertebral. Ahora nos dirigen las olimpiadas con el gran elohim WEORSSHADDIHAEL y la gran labor que se ha conformado para que participemos y con la música hagamos la resurrección de cientos de simvres en la gea y de cómo la música limpia la tierra. Vemos la importancia de participar en las olimpiadas y luchar por esforzarnos en crear música sublime para lograr limpiar de las ratas el planeta tierra que son los mismos gobiernos que le hacen el engaño y le roban a Dios. También está la participación del maestro alquimista MELIUS, que fue el maestro ELIZEUS, que era el protector del cojito, aunque eso no lo menciona en muchas historias, mas si en otras más completas y el niño cojo, que fue JOSE DE ARIMATEA. MELIUS quiere decir la miel del sol. También está la rata que se salva y atraviesa el

rio que en hora buena se regenera y va con “las buenas nuevas” a contar a todos de estos grandes milagros y la fuerza o poder de la música a todos los demás y esa es la labor que debemos realizar. Asi que adelante todos al templo con nuestros lines y ser FLAUTISTAS DE WEORSSHADDIHAEL y nuestra participación en las olimpiadas

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